31 dic 2006

Colibrí

¿Y qué hago si un colibrí hace cosas que no hacen los colibríes?
¿Si luego de pasear por las flores de mi jardín curiosea hacia el interior de mi casa mirando a través de las ventanas, primero las cerradas, después las abiertas, flotando en el aire frente a ellas?
¿Si luego se acerca a mí, que desayuno junto al ciruelo, y poniéndose temerariamente al alcance de mi mano me observa con atención, durante un tiempo larguísimo, desde varios puntos a mi alrededor?
¿Si luego se posa en una rama del ciruelo desde donde parece seguir mirándome?
No pude evitarlo: a él le gustaban tanto los colibríes, sentía fascinación por esos pajaritos minúsculos. Cuando se estaba muriendo, sentada a su lado pensé que los colibríes me lo recordarían, como si él fuera uno de ellos. Así que, mientras lo veía volar entre las gotas del aspersor que regaba el jardín, y subir, bajar, alejarse y acercarse haciendo su ruidito tan particular (“prriiik, prriiik”); mientras volvía a acercarse a mí e inspeccionarme desde medio metro y varios puntos de vista, lloré. Después de tanto tiempo, volví a llorar por él.

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