24 oct. 2010

Dando la vuelta


Qué diferencia… aquella vez, pude escribir que no nos había quedado ni una herida, ni un rencor, ni una cuenta impaga. Aquella vez, claro, fue con otro hombre.
Con vos, fue otra cosa. Y no hubo forma, no hubo manera de construir nada distinto: ni apelando al derecho que daba lo vivido, ni rogando, ni proponiendo opciones. Fue un final abrupto, mezquino, inmerecido; un final que claramente no estaba a mi altura, pero sí a la tuya. Y qué poca altura, qué pequeñez…
Así, por decreto y sin lugar a reclamo. Sin aviso. Sin explicaciones. 
Ya no hacen falta, de todos modos, ya es tarde. He reconocido el germen de esa destrucción, puesto que cada cosa incuba el suyo. Y a éste lo he reconocido al fin. Siempre estuvo ahí, entre los dos, y siempre supe que finalmente nos separaría, aunque ignorara el mensaje y me dejara llevar por un optimismo negador e ingenuo, como todo optimismo.
A quién echarle la culpa, sino a vos mismo; a quién perdonar, sino a vos.
Al fin y al cabo, somos lo que somos, y andamos con lo puesto, y a esta altura de la vida no puedo aducir ignorancia. Si elijo mirar para otro lado, no puedo esquivar el golpe… aunque un golpe en la nuca siempre sea a traición.
El tiempo del olvido llegó sin avisar, pero también se sabía que llegaría. Con un paroxismo de dolor, un espasmo final de angustiosa evocación y un golpe de brisa fresca que despeja y calma. En el reconocimiento de lo inmodificable yace el remedio; como al escorpión del cuento, tu naturaleza se te impone y no importa cuánto destruyas, ni si a vos mismo en el gesto. Consuela pensar que probablemente el tiempo que estuviste conmigo haya sido tu más feliz encuentro, pero que yo tuve y tendré más y mejores. No reniego de nada, sin embargo: cada minuto valió la pena, lo elegiría de nuevo, te elegiría de nuevo. A pesar de todo, en medio de tu confusa huída tuviste un gesto de reconocimiento que seguramente no andás obsequiando a cualquiera. No alcanza para redimirte, pero hace más fácil un perdón que no pedirás, aunque de cualquier manera ya era tuyo.
Me ha quedado una herida esta vez, y a vos una gran cuenta impaga, sí. Pero no hay rencor.

24 jul. 2010

Certeza

Y así como te fuiste, volverás: sin culpa, desesperado, buscando paz y fuego, libertad y cielo, viaje y nido. Buscando el lugar que siempre tendrás, certeza algo amarga que sin embargo acepto con simple gesto, con la llana convicción de lo inevitable.
Mucho después, pero en paz, como lo querías, aún extraño tus gestos y abrigo tu calor silenciosamente, hacia adentro, sin que se note, como quien evoca olores de la infancia. A veces levanto la copa y brindo a tu aire sin esperar una respuesta que sé ausente, como te sé a vos. Algo en mí dice que te llegan el deseo lanzado al viento, las palabras murmuradas, los recuerdos evocados. 
Es definitivo: has labrado tu trono.
Reconozco el hueco que te pertenece, la voluntad que no ceja, la libertad que acompaña, mientras apuro la vida y sus dolores y placeres me atraviesan en flujos ingobernables.
Al final, prevalecerá lo que había: el amor que nos supimos tener, la caricia única, la leve certeza, esas soledades no renegadas, el olor que te conocía, la promesa que nunca haremos.
Sin culpa, y sin esperanza; como debe ser.

27 jun. 2010

Practicando

Y la arena se escurrió entre los dedos, finalmente. Se llevó con ella restos de palabras, recuerdos ya borrosos, partículas de sentimientos.


Sin embargo, se ve que era poca, porque no se llevó lo suficiente.
Hubiera hecho falta un aluvión, una gigantesca duna desmoronada para arrastrar todo lo que quería olvidar.


Aún persisten recuerdos, a fuerza de potencia, de profundidad, de pura belleza y perfección. Aislados como árboles que sobrevivieron a la inundación y quedaron en pie en medio de las ruinas, en el desierto de limo y escombros, encarnando la esperanza de un reverdecer que al fin y al cabo eventualmente llegue…


Hacer duelos es como hacer bizcochuelos: con la práctica, salen mejor, pero no es posible saltear pasos ni acortar los tiempos.

12 jun. 2010

In diminuendo


No por previsibles algunas cosas resultan más aceptables, ni más fáciles de transitar. Hay pasajes ineludibles pero siempre sombríos, siempre trágicos, por definición.
Sin remedio.
Sin remedio, claro, así están las cosas.
Extraña conclusión, no carente de ironía ácida y fina.
Observo atentamente, busco las señales más sutiles. Escarbo en el arcón de los recuerdos por aquellos que ya se querían abandonados para siempre, pero ahora se necesitan, de pronto, para un uso no deseado.
El ojo entrenado ve un poco más, pero no ve suficiente. La sensibilidad exasperada, el pensamiento que va y viene del pasado al presente y no descansa. Todo enfocado en ese cuerpo vencido, tratando de leerle el futuro: parece más fácil ahora, que se lo sabe corto y con chances acotadas, y sin embargo…
Lo miro durante horas, quiero asegurarme que la nube de morfina que gotea desde lo alto lo mantenga así, en paz, sin tormentas. Lo veo, igual a sí mismo, queriendo siempre lo que siempre quiso, sosteniéndose hasta el final en su torre y sin claudicar, sin entregar banderas, sólo dejándose ir y sin lágrimas. Lo miro, registro cosas que nadie más ve, tomo el pulso de la vida pero no hago nada, espero. Pienso que, al fin y al cabo, un corazón gastado le dará lo que siempre quiso y sin saberlo, sin poder preverlo realmente, forjó este final a su manera y en buena hora.
Él, que en tantas cosas vivió equivocado, fue sabio en esto. Y llegó hasta aquí caminando, eligiendo, siendo él mismo y sin perderse. Rara dignidad, infrecuente en donde todos aflojan.

Pero por las dudas, la morfina; por las dudas.

10 abr. 2010

Break point

Algunas veces me pregunto durante cuánto tiempo más seré capaz de sostener la impostura. Esa chapa simbólica que hace años que no lustro, que más bien dejo que vaya quedando escondida entre las hojas de alguna planta, parece ser un sustituto de identidad con una tenacidad sorprendente.

¿Qué pasaría si…?

Mamá hubiera querido que esa chapa brillara, que me hiciera ilustre y famosa. No atinó a decir respetada. Porque lo que importa en esto es ser respetada, mamá. La fama es para las modelos, los jugadores de fútbol, los que necesitan de la aprobación ajena para creer que son.

Ahora solamente soy una impostora con derecho de usar la chapa, sin vocación ni ganas.
Culpa, tampoco.

El día de descolgarla se acerca. Será un alivio. Quedará abandonada en el fondo de un cajón, juntando polvo de olvido, hasta que algún otro la tire cuando yo ya no esté.


¿Cuántas veces se puede recomenzar? ¿Y renacer? 

No sé, pero esto ha durado demasiado.

4 abr. 2010

Nueve años


Acaso un fragmento… un tibio fragmento perdido, sin dueño, sin origen. Una gota roja y anónima. Un vuelo. Un trino en la tarde. Un cielo gris. Una hoja quieta.
Un silencio mínimo y misterioso.

La melancolía de las horas vacías. El recuerdo: la mano, la piel, la voz. El alma buena.
Un fruto negro y amargo. La sal que cura. La sal de las heridas.

Y él abajo, siempre, polvo al polvo, raíz, semilla.
Él cansado, ido, sin paz, derrotado.
El terrón deshecho, la ceniza fría, la sombra del olivo.
Ninguna esperanza, ningún anhelo. Lo que terminó, y lo que nunca se termina, lo que quedó en pie, lo que van derribando los vientos y los días.
La ruina que el tiempo perdona.

Un lugar en el mundo, ese lugar, para siempre.

26 mar. 2010

Indeleble

Maravillosa o no tanto, pero sí mujer.
Indeleble.
¿Recuerdo indeleble?
¿El beso?
¿Lo que el beso ofrece?
¿Qué ofrece?
¿Lo que ya no da?
¿Qué es lo que no se borra cuando él se borra?
Dónde, dónde el amor, el deseo, todo…
Todo borrado.

Indeleble…
¿Qué?
Olvido, traición, recuerdo.
Recuerdo.
Indeleble.
Sí.

9 mar. 2010

San Juan y yo



Hace tiempo que descubrí que no hacemos realmente a los viajes: los viajes nos hacen a nosotros.
Ciertos viajes, claro.
Porque uno se instala en un lugar, no sólo físico, sino también interior, y tiende a quedarse. Se acomoda, se relaja, y luego de un tiempo deja de hacerse preguntas. Ya ni siquiera sabe muy bien si realmente está cómodo, si eso es lo que quiere, si no le falta nada.

Pero un buen viaje sacude el polvo.

Genera incomodidades, pero también nuevas sensaciones, y nos reconecta con cosas que habíamos dejado de percibir, o descubre cosas que teníamos tapadas.

San Juan y yo nos parecemos.

13 ene. 2010

Desafío


…y, porque algo hay que sacar en limpio de tanta vida que uno va gastando, ¿no?

Digo, para no repetirse tanto, que al final aburre y quita ganas.

Entonces:

- Las relaciones estables monogámicas prolongadas tienden a convertirme en señora estable y monogámica, status cultural que no se aviene con mi proclividad biológica y me genera múltiples conflictos no siempre obvios, pero que resultan en depresiones recurrentes.

- La falta de un adecuado y suficiente bienestar sexual altera mi equilibrio emocional y me pone autodestructiva, ansiosa, melancólica y descontrolada.

- Hay que encontrar la forma de continuar siendo inadaptada pero satisfecha.

¡JA!

Eso es un desafío.

10 ene. 2010

Mandatos


Lo que hablábamos esta noche con A. lo ha investigado bien Helen Fisher.

A. se preguntaba si no había sido demasiado jodida, demasiado pretenciosa o rebuscada por haber estado tan a la defensiva con un tipo que la había invitado a su casa, había cocinado para ella y había sido en todo momento educado y cortés… aunque el pequeño detalle de que es alcohólico y estaba chupado le hizo olvidar que tenía que bañarse y vestirse prolijo antes de recibirla, y después olvidó también servirle la entrada y el postre que él mismo había preparado.

Le preocupa que las mujeres a veces somos gatafloras, que nada nos viene bien, que nada nos conforma. Piensa si no damos demasiadas vueltas, quizás.

Pero la biología nos determina para que seamos así.

No es que tengamos una enfermedad, una desviación: así es exactamente como la evolución nos ha hecho, así es como hemos sobrevivido y hecho sobrevivir a la especie a lo largo de millones de años.

Siendo precavidas, prestando atención a los detalles, observando el entorno con mirada penetrante y dando valor a las señales que nos manda, estando atentas a los peligros, desconfiando de los extraños, tomándonos tiempo antes de salir del refugio.

Mientras los varones salían a cazar búfalos, un juego algo riesgoso pero entretenido que los mantenía alejados de la cueva durante días o semanas, las mujeres se quedaban manteniendo encendido el fuego, cuidando la prole, dándole de comer y beber, y protegiéndola de los predadores. Tenían que ser observadoras, cuidadosas y desconfiadas, además de colaborar unas con otras y estar atentas a mil cosas.

Así que los hombres salen a cazar, y mientras tanto aprovechan y se cogen a cualquier hembra que se les cruce, porque tienen ganas y porque pueden. Para eso vienen provistos de cantidades ilimitadas de espermatozoides, y el mandato biológico de reproducirse desparramando sus genes por doquier, cuanto más mejor, y no importa dónde.

Las mujeres vienen con una dotación limitada de óvulos, ponen el cuerpo para parir sus hijos, y luego dedican años de sus vidas a cuidar, proteger y criar la prole. Saben que para lograrlo van a necesitar un hombre que las proteja, que sea un buen proveedor de búfalos, que mate tigres y otras amenazas, y que no se pierda en el camino de regreso cada vez que salga a cazar. O sea, que sea eficiente, responsable y comprometido.

Era así hace 200 000 años, y así sigue siendo ahora.

Esto es lo que ha modelado la evolución. Cinco mil años de cultura no han empezado ni a erosionar la fuerza de estos mandatos biológicos. Sólo los han disfrazado.

Entonces parece que si tomamos precauciones y observamos con cuidado y no nos lanzamos a tontas y locas cuando un hombre quiere jugar, somos absurdas.

Pero no: los genes nos piden que cuidemos los óvulos, que no pongamos en riesgo la reproducción de la especie si no tenemos un varón que se haga cargo de su prole, y ahí estamos midiendo detalles y ponderando conductas.

Cualquier error, lo pagamos caro. No somos fuertes, no podemos frenar a un atacante de una trompada y el más débil de los hombres tiene más fuerza que cualquiera de nosotras. ¿Cómo podríamos confiar en cualquiera, cómo no tomar precauciones y observar a todo hombre que se nos acerque para conocer sus intenciones y estar seguras que no quiere causarnos daño?

Lo que no tiene sentido en el marco de la cultura, lo posee plenamente en el de la evolución.

Será cuestión de pensarlo desde este enfoque, para no pasarnos de rosca y actuar con cada hombre como si estuviéramos en la caverna (porque al fin y al cabo, ya no siempre necesitamos que cuiden nuestros hijos y ni siquiera, afortunadamente, que nos traigan el búfalo para comer).

Pero todavía son más fuertes que nosotras, y ahora pueden además dejarnos heridas en el alma, desnudas y a la intemperie con el corazón roto. Más vale que sigamos teniendo precauciones.

29 dic. 2009

La próxima ola



Una vez más, decido probar lo prohibido. Me acerco despacio, miro bien, pego el salto. En la otra orilla, hay perspectivas de placer, de disfrute, de noches como a mí me gustan. ¿Qué más? ¿Acaso alguna otra cosa es necesaria?

¿Alguna garantía, alguna promesa para romper, alguna confianza a ser traicionada?

Demasiado bien sé que la vida llega en olas. Va pasando el reflujo y voy al encuentro de la próxima, sin salvavidas, como siempre.

Pero ya he aprendido a nadar.

Como empezó, así termina.

Sonaba esto cuando comenzó todo.
Lo cierro así también. Una vuelta completa, otro giro de la espiral.




(Háganse imaginariamente los cambios de sexo que correspondan, que aunque no rimen, valen)
Otro sí digo: disculpen el video cursi, no tuve tiempo de buscar otro más sobrio.

24 dic. 2009

A modo de saludo


He pasado un par de horas buscando algo hermoso, profundo y significativo, o bien humorístico e inteligente, para postear a modo de saludo findeañero.

Nada me ha resultado adecuado. Algunas cosas por demasiado solemnes, otras por demasiado extensas, otras por demasiado trilladas.

Cuando ya estaba a un tris de decidir ¡Ma sí, para eso, no posteo nada! , ocurrió este curioso hecho:

Una libélula entró a casa por alguna de las muchas ventanas abiertas.

Recorrió el espacio interior, y quiso salir.

Desde hace más de una hora, intenta infructuosamente hacerlo golpeándose la cabeza una y otra vez contra el vidrio de la única ventana cerrada.

Como saben, yo creo en las coincidencias, esas que Jung llamó sincronicidades. Me inclino fuertemente a pensar que este asunto de la libélula encierra alguna enseñanza, o metáfora, o mensaje, que ustedes sabrán interpretar.

Pero por si no fuera así, he decidido citar a J. L. Borges, que como bien sabemos, es muy útil para salvar cualquier texto de la mediocridad:

“Nuestra cobardía y nuestra pereza tienen la culpa de que el mañana y el ayer sean iguales.”

Es mi deseo que todos seamos capaces de hacernos un mañana distinto, y mejor.

17 nov. 2009

Tristeza

Qué tristeza, el desamor… una niebla que lo enturbia todo.
Una lluvia que lava la alegría, un golpe de dolor y soledad no deseada, un fracaso insidioso y pálido.
Un marchito, desmayado intento.

Un ya no, un fue, un no se pudo, un no quiso.

Como un humo de leña verde, que hace llorar y atasca las palabras. Algo así, acre, no en su punto, fallido.

Un invierno a destiempo y sin abrigo.
Qué tristeza.

7 nov. 2009

Apenas aire


…un silencio un suspiro nada
apenas aire sin dueño
apenas temblor
apenas olor sin nombre
palabra trémula
callada
perdida
frágil
apenas todo
cada día un instante
prolongado
siempre
en el hueco del alma.

31 oct. 2009

El viaje que no hicimos


Escucho la lluvia sobre el techo de chapa. Todo el día lloviendo. Un buen sonido, un sonido amable. Combina bien con el gris, con lo mojado, y se presta a lágrimas y recuerdos.

Recuerdo, entonces, el viaje que hicimos juntos a la selva, para ver los Saltos del Moconá. El río Uruguay estaba crecido, y no había saltos. El agua emparejaba la altura a ambos lados, y todo era un gran río gris y turbulento. Pero conocimos la selva, caminamos la selva, anduvimos por los caminos rojos y supimos lo que era abrirse paso a machetazos por donde nadie había pasado nunca… o quizás, por donde siempre habían pasado otros, pero la selva se cerraba por detrás, la selva no guarda espacios vacíos.

Nunca lamenté realmente no haber podido ver los Saltos. Fue una anécdota más de un viaje estupendo, que terminamos tomándonos una botella de champagne que nos regalaron en el viaje de regreso. Un buen broche.

Ahí supe que nunca serías un gran compañero de viaje. Que para vos se trataba de una cuestión metódica, casi de un deber: puesto que se hace un viaje, se invierte en él tiempo, dinero, esfuerzo, hay que aprovecharlo.

Para mí, la palabra aprovechar está impregnada de un sentimiento mezquino. Como en las revistas berreta de decoración, que todo el tiempo te están queriendo enseñar cómo aprovechar el espacio… o sea, cómo ocuparlo en vez de disfrutarlo. Aprovechar un viaje es lo mismo: algo que se hace cuando no se sabe disfrutarlo.

Hubo otros viajes después. Hasta que no hubo más, hasta que nos perdimos uno al otro, hasta que te perdí o me perdiste, hasta que no nos quedó destino o hasta que los caminos se separaron y cada uno siguió por el suyo, hasta que viajar no fue posible porque había demasiado equipaje.

Y sin embargo, si hubieras querido, yo te hubiera podido enseñar cómo se hace para disfrutar el viaje.

12 oct. 2009

Amor incondicional




Todos deberíamos recibir amor incondicional. No basta con el de nuestras madres: alguien más, por lo menos un ser más en el mundo, debería poder amarnos incondicionalmente.
Alguien debería existir que nos hiciera sentir que nuestras debilidades pueden redimirse, que nuestros errores pueden olvidarse, que nuestras fallas pueden perdonarse.
Alguien debería haber que nos ame perfectos aunque nos sepa limitados, que nos crea bellos aunque nos vea las fisuras, que nos ponga por encima de todo aunque hayamos salido del montón.
Alguien debería haber que nos mirara a los ojos y nos dejara ver solamente amor hasta el fondo de los suyos.


Por suerte existen los perros.


4 oct. 2009

Cuarto aniversario




Hace cuatro años que lo empecé, y aunque los dos últimos lo he atendido poco, lo sigo queriendo. Muchas veces me pregunté si no era más lógico cerrarlo, pero después pensé que si lo hacía, abriría otro muy pronto. Y no estaría mal, pero hay que ocuparse: elegir un template, desarrollarlo a gusto de uno, darle una estética propia… en fin, cosas que llevan tiempo.

Y por otra parte, éste me sigue gustando. El negro se usaba más cuando lo empecé, es cierto, pero sigue pareciéndome atractiva esa cosa como sin fondo que da el negro: no hay un límite, se desdibujan los bordes, y no da sensación de cosa escrita en papel, sino de textos e imágenes que flotan en la negrura electrónica.

El texto de Anaïs Nin que lo encabeza sigue describiéndome como si ella se hubiera referido a mí al escribirlo. El título tiene más sentido ahora, aunque siga inclinándome siempre hacia los bordes.

Y el tono general del blog también sigue siendo el que elijo. Nunca quise que fuera literario, ni tampoco periodístico. Ni simplemente catártico, desde luego. Es como yo soy: ecléctico, no preocupado por la etiqueta, coherente consigo mismo.

Finalmente, hay una historia acá. Cuatro años es mucho tiempo, y es increíble la cantidad de cosas que hice, que me pasaron, que cambiaron y que no en este tiempo. Lo que aparece acá es un reflejo apenas de algunas cosas elegidas, pero es una historia. Y ha devenido, de algún modo, en parte de mí. Como un apéndice inesperado pero agradable, amistoso y cómodo.

También lo quiero porque a partir de él y de otros blogs vecinos se produjeron encuentros estupendos y nacieron amistades. No es poco.

Así que sigue. Sin prometer nada, simplemente siendo, como hasta ahora. Y con una guirnalda para celebrarlo.

28 sep. 2009

Gesto




En un arrebato exasperado,
un desamparado movimiento,
un confuso gesto perdido, casi un manotazo,
casi un manotazo de ahogado
ahogándose en su aire de pronto espeso,
recibiendo el beso de despedida dolorosamente,
como si con culpa o reparo
casi desolado,
como huérfano, como viudo,
como deudo de un presente imposible,
alejándose, borrándose a sí mismo del ahora,
convirtiéndose en improbable,
en esquivo penitente, en esclavo de antiguos opios,
fiel a sí mismo y yendo a la disolución
como a un abismo inevitable
pero sin quererla, sin hacer el tajo,
separando lo inseparable para unir lo que ya está unido,
cargando su mochila de piedras y espinas,
hundiéndose con ella o tratando de vaciarla,
mudo en el aire espeso y ahogándose
pero sin partir del todo,
dejando la estela, las señales en el camino
dejando el olor y el calor, las huellas, dejando el contacto,
dejando la presencia que no sabe irse
dejándola a ella esperando…

27 sep. 2009

Basura

Iba trotando, feliz, por el medio de la plaza. Recién remodelada, todo nuevito, prolijo. Era una tardecita soleada de hace unos días. Cuando salgo a trotar, no llevo mp3: tengo los oídos despejados, porque se oyen pájaros, y porque además no quiero interferencias con el curso de los pensamientos. Ideas, más bien; ideas que pasan flotando por el foco de la conciencia y siguen de largo. Es un estado mental maravilloso, que sólo logro en esos momentos mientras corro. Deben ser las endorfinas, pienso, y qué bueno que existan.

Y de pronto, una voz de mujer mayor, agria, filosa, desagradable, penetra ese refugio mental diciendo:

¡Un tiro en el medio del pecho habría que darles! ¡Esos tipos no tienen remedio! ¡Mirá lo que hacen!

Idea que pasa por mi cabeza, fugazmente: ¿De qué habla? ¿Un violador?

Sigue la vieja espantosa, caminando por la plaza junto a otras tres viejas que hablan más bajo:

¡Porque mirá que tienen ahí los tachos para tirar la basura, y van y tiran los papeles en cualquier parte! No hay educación, no les importa nada. Hay que pegarles un tiro en el pecho a todos.

Y todavía me persiguen su voz y sus palabras terribles. Digo yo, ¿dónde, cómo, cuándo, algunas personas pierden así la brújula y se desorientan tanto?

¿Cómo es posible que los valores estén tan confundidos, que a una mujer le parezca sano, normal y moral matar a la gente por no usar los recipientes de residuos?

¿Cómo es posible que haya gente tan estúpidamente peligrosa?

Porque esa tipa no mata al desprolijo, pero se engancha en cuanto discurso fascista anda dando vueltas, y de un modo o de otro se las arregla para joderle la vida a mucha gente.

27 dic. 2008

Mal momento


Me gustaría, si. Claro que me gustaría.
Escribir algo gloriosamente sonoro, brillante, épico.
También algo hermoso, poético, dulcemente apasionado.
O quizás, una pieza corta y nítida de prosa con dientes y filo.
Me gustaría escribir.
Algo.
Pero no es el día.

28 nov. 2008

Regalo

Alguien me regaló esto:













Y no hay nada que agregar.

10 oct. 2008

Recuerdo




Es curioso, porque tendemos a ser tan visuales. Dependemos tanto de nuestro sentido de la vista, mucho más que de los otros; y sin analizarlo mucho, uno pensaría que cualquier reconocimiento debe pasar antes por los ojos. Claro que la música, pero no es lo mismo. O, en todo caso, la intuición no lo sospecha, pero la intuición se equivoca muchas veces.
Como sea: me es casi imposible recordar su rostro sin ayuda de fotos. Con esfuerzo reconstruyo una imagen borrosa, identificable pero difusa, y extrañamente fragmentada. Primero los ojos, la nariz. La boca y la línea de la mandíbula que siempre se me borronea hacia el mentón aparecen luego y no se terminan de unir a los demás pedazos. Las orejas, lo más claro, quedan casi flotando sin unidad con el resto. La frente cerca, pero después, no al mismo tiempo.
Eso, la fragmentación no es espacial sino temporal, un puzzle con pequeños desfasajes temporales que no termina de juntarse en el rostro completo. Y es todo lo que puedo hacer sin mirar una foto.
Pero su voz, en cambio, siempre está lista cuando la evoco. Como si fuera un eco de mi propia voz, familiar, viva. Cuando murió, yo llamaba a su celular veinte veces al día para escucharlo en el mensaje del contestador, hasta que lo dimos de baja. Y durante un tiempo las palabras se repetían en mi mente siempre iguales, con las mismas inflexiones, las mismas pausas, un mensaje impersonal desde el pasado sin destinatario definido.
Más tarde pude recuperar su voz, pero recordando frases habituales en él, giros que solía utilizar, su manera de llamarme en la intimidad.
Ahora puedo incluso imaginarlo hablando del presente, de asuntos actuales, dando opiniones y haciendo comentarios, y entonces me doy cuenta cuánto recuerdo de él. Y me emociona advertir que no lo había olvidado, y que basta evocar su voz para sentir fugazmente algo, una corriente de ternura y gratitud por tantos amorosos y difíciles años que compartimos.

3 oct. 2008

Aniversario

Oh, de pronto me doy cuenta: hace tres años que comencé este blog. ¿Debería darle importancia al aniversario? ¿Debería descorchar champagne, hacer algo especial, festejarlo?
No, no debería. Nunca le doy mucha importancia a los aniversarios; tiendo a vivir el presente mirando para adelante. Pero me fijé que la columna de la derecha empezaba en octubre de 2005, y ahí encontré el primer post, con fecha del sábado 1°.
Últimamente lo abandoné un poco, pero me sigue gustando tenerlo. Supongo que la escasez de lectores lo hace menos interesante de llevar, porque no hay mucho intercambio. Me encanta cuando encuentro comentarios, y veo que los demás entienden algo diferente de lo que pensé que se entendería. O cuando me descubren algo que yo estaba diciendo, sin saberlo.
También me resulta interesante cuando releo algunos posts al azar, y veo cuántas cosas me pasaron en este tiempo, cómo fue cambiando mi vida, y cómo algunas cosas nunca cambian.
En fin, no da como para festejarlo, pero en todo caso lo celebro.

26 sep. 2008

Historias personales

M. se separa. Un cierto día su marido arma un bolso y dice “Me voy, necesito espacio, necesito tiempo, me voy” (original, el tipo). Y se fue. Veintipico de años juntos, desde la adolescencia, dos hijos… y de golpe se convierte en un desconocido. En alguien cuyos pensamientos, cuyos sentimientos son tan ajenos como los de uno cualquiera que anda por la calle. Y ella descubre que hace muchos meses que él viene preparando esto, que mientras tanto puso la empresa como sociedad anónima para no tener que reconocerle a ella ni un pedacito, que se preparó cuidadosamente. Descubre que, casi, compartió la cama con un enemigo.
Hablo de un matrimonio con una buena relación, no de una pareja en permanente crisis ni arrasada por el desamor.
Pero ahora él hace reclamos incomprensibles: “Siempre hice lo que vos quisiste, no tomé mis propias decisiones”
Oh.

Como un adolescente que se queja con su mamá.
Y ella sospecha que tal vez él nunca dejó de ser un adolescente.
Los primeros días llora, duerme, bebe, se empastilla.
Pero sólo los primeros días. Manda un mail: “J. se fue de casa”
Y la red se pone en evidencia, una vez más. Funciona. Da apoyo, escucha, calma, ofrece puntos de vista, abrazos, hombros para llorar, comprensión. La red sostiene, no deja caer. M. va a trabajar, habla, cuenta, escucha, piensa, se adapta lentamente. Empieza a aceptar, se prepara para soltar, para dejar ir. Comienza a ver su presente no sólo como un final, sino también como un principio. Y a entender lo que significa espacio, tiempo, libertad: descubre que ella también los necesita. “Ahora puedo hacer reuniones de amigas en casa”, dice.
Le cuento a N. y se maravilla. “Yo no tengo nada parecido” –dice. Siempre lo sorprende la capacidad de las mujeres para tejer esas redes, y la forma como funcionan.

Y nosotras no podemos ni imaginar el mundo sin red. Las formamos naturalmente, casi inconscientemente, en todos lados donde estamos: trabajo, cursos, barrios, clubes… Se supone que son la causa de nuestra mayor longevidad, nada menos. Pero nosotras sabemos que además, nunca podríamos hacer todo lo que hacemos si no fuera por las redes.

7 jul. 2008

Sutileza

Sería como una inesperada canción

escuchada al mediodía

cuando el sol del invierno

casi alcanza a prometer tibieza.

O como un vuelo apenas entrevisto,

fugaz y elegante,

oscuro trazo contra el cielo gris.

También como las ondas en el agua,

alejándose del centro

cada vez más tenues,

cada vez más grandes.

Algo así, un detalle,

la finísima línea

entre lo banal y lo sublime,

una filigrana de luz,

un beso tuyo.

21 jun. 2008

La trampa de la ciudad

Siempre he pensado que todo el mundo debería tener el derecho de vivir en una casa. No digo a tener un techo, derecho reconocido pero que no se cumple, sino a vivir en una casa. Las ciudades actuales, con sus edificios de muchos pisos y la invención de la propiedad del aire, son una aberración. La gente viviendo apilada, unos sobre otros, unos pegados a los otros, sin más que un pequeño tabique separándolos, escuchando sus ruidos, oliendo sus olores… me parece un horror, algo contra natura. Claro que hay tantos millones de personas viviendo así (más de la mitad de la humanidad vive en ciudades actualmente), que la cosa se ha naturalizado: nadie lo cuestiona. Incluso se glorifican los rascacielos, como un logro de la humanidad. Y lo son, sin dudas, desde el punto de vista de la ingeniería. Hasta arquitectónicamente, si los considero como un objeto abstracto, hay algunos que son de una belleza y grandiosidad indudables. Pero como viviendas, como objetos concretos con un uso definido, no me inspiran más que rechazo.
Lo peor es la manera como se ha naturalizado en la mente de todos esta forma de vivir, sin contacto con la tierra, sin ver el cielo o viéndolo recortado entre bloques, sin intimidad, sin vínculo con lo que está vivo: plantas, animales, insectos. Los insectos en nuestros hábitat han quedado reducidos a plagas que deben ser interminable e infructuosamente combatidas, horribles y asquerosos, molestos, dañinos e incluso peligrosos: cucarachas, mosquitos, hormigas, polillas, termitas, moscas, todos “invasores” de nuestras cuevas de ladrillos. Los animales que vemos son nuestras mascotas, sometidos al encierro y desnaturalizados, como nosotros mismos. Pero por detrás, por encima y por debajo, ejércitos de alimañas viven de nuestros detritus, prosperan con nuestra abundancia, nos superan en número y se mantienen ocultos pero irreductibles en los oscuros recovecos de nuestras ciudades.
Y no me digan que no: con frecuencia veo departamentos tan pequeños que las paredes y los techos parecen aplastarme, donde los muebles deben ser de medidas exiguas para que quepan, donde en los dormitorios hay que pasar de costado entre la pared y la cama o hay que hacer dormir a los chicos en cuchetas apiladas como en una cabina de submarino. Cocinas minúsculas donde el espacio de trabajo es una superficie de 30 cm x 60 cm, y la ropa lavada cuelga de un tender sobre la cabeza de la única persona que puede moverse allí, porque si hay dos al mismo tiempo, se chocan entre sí. Habitaciones donde el sol nunca llega. Pasillos con olores a comidas desagradables a toda hora, ventanas que se abren a paredes, a espacios ciegos, a otras ventanas. Descargas de inodoros ajenos que se escuchan desde la mesa, portazos a toda hora, timbres, ascensores, parejas que discuten, chicos que lloran, bocinas que aturden, motores que ensordecen como fondo perpetuo, música que uno nunca elegiría escuchar, y reuniones de consorcio donde cada mezquindad y necedad de la que el ser humano es capaz se recrea exacerbada, como prueba final de que esa forma de transcurrir y alojarse es cualquier cosa, menos una forma de vivir.
No me detengo siquiera a considerar el asunto desde un punto de vista urbanístico, ni de las teorizaciones sobre la ciudad como espacio de encuentro, oportunidad de comunicación, etc. Ni discuto la evidencia de que la forma de vida actual y los servicios que requiere sólo pueden ser completamente provistos en una ciudad, aunque habría que ver cuántas de las cosas que la vida actual considera necesarias lo son en realidad, o más bien surgen como tales en razón de tantas sinrazones. Me limito, simplemente, a considerar las viviendas individuales como determinantes directas de la forma y calidad de vida de quienes las habitan.

Una casa debería estar rodeada de espacio libre, con plantas que crezcan sin necesidad de ser podadas constantemente para que no se estorben unas con otras, con lugar para que los chicos corran y jueguen, para que los adultos caminen y jueguen, para que los animales vivan y jueguen. Finalmente, la vida en las ciudades nos quita espacio de juego. Nos convierte en tristes esclavos de un amo invisible que sin que nos diéramos cuenta, nos encerró en mazmorras y nos engrilló a las paredes.