10 abr. 2010

Break point

Algunas veces me pregunto durante cuánto tiempo más seré capaz de sostener la impostura. Esa chapa simbólica que hace años que no lustro, que más bien dejo que vaya quedando escondida entre las hojas de alguna planta, parece ser un sustituto de identidad con una tenacidad sorprendente.

¿Qué pasaría si…?

Mamá hubiera querido que esa chapa brillara, que me hiciera ilustre y famosa. No atinó a decir respetada. Porque lo que importa en esto es ser respetada, mamá. La fama es para las modelos, los jugadores de fútbol, los que necesitan de la aprobación ajena para creer que son.

Ahora solamente soy una impostora con derecho de usar la chapa, sin vocación ni ganas.
Culpa, tampoco.

El día de descolgarla se acerca. Será un alivio. Quedará abandonada en el fondo de un cajón, juntando polvo de olvido, hasta que algún otro la tire cuando yo ya no esté.


¿Cuántas veces se puede recomenzar? ¿Y renacer? 

No sé, pero esto ha durado demasiado.